CREDERE IN DEUM
“Credere in Deum”, la expresión latina usada para nombrar este blog, se podría traducir como “creer hacia Dios” (con perdón de los latinistas). En esta frase el énfasis está en la preposición “in” que en este contexto indica movimiento.
San Agustín primero y Santo Tomás después utilizaron estas palabras para explicar la complejidad del acto de fe sobrenatural. En el acto de creer se entrelazan tres movimientos: una cosa es creer en algo, otra cosa es creerle a alguien, y algo distinto es creer en alguien. La fe sobrenatural, y solo ella, abraza estos tres momentos simultáneamente.
Intentaremos explicar esta dinámica de la fe, tomando como guía la exposición de Santo Tomás de Aquino en su Suma Teológica (II-II, q. 2, a. 2)
Creer en Dios
La Palabra de Dios nos enseña que la fe es “la plena certeza de las realidades que no se ven” (Hb 11,1). La fe es una certeza.
Certeza quiere decir seguridad, convicción. Tener certeza acerca de algo es estar firmemente convencido de que ese algo es verdadero, como cuando digo “llueve” y no me queda ninguna duda porque estoy empapado. Aceptar algo como verdadero con esta fuerza o seguridad es un acto de nuestra inteligencia.
Por eso la fe “empieza”, “entra en nosotros”, – aunque de ninguna manera termine ahí – por nuestra inteligencia. La inteligencia o razón es esa luz por la cual el ser humano puede ver en lo profundo de las cosas y descubrirlas como son en la realidad mas allá de sus cambiantes apariencias. A esto le llamamos “verdad”, es decir, al “ver con nuestra inteligencia las cosas como son”. Y si en la fe aceptamos algo como verdadero, será por nuestra inteligencia que penetra en nosotros la luz de la fe.
No quiere decir esto que el acto de fe se limite a lo que nuestra inteligencia humana pueda entender. Si así fuera ya no sería “sobrenatural” y no necesitaríamos de la ayuda de Dios para creer. Por ejemplo, nosotros, los católicos, decimos: “Creo en la Santísima Trinidad”. Al hacer esto estamos afirmando: “es verdad que existe un solo Dios verdadero y Tres personas divinas realmente distintas”. ¿Puede alguien entender esto? No. Pero, aun cuando no lo podemos entender, ¿lo afirmamos como algo verdadero y cierto? Sí. Eso es un acto de la inteligencia, ayudada por la gracia de Dios.
En otras palabras estamos diciendo que aceptamos ciertas afirmaciones como verdaderas aunque no las entendamos completamente. Más aún: en el acto de fe estamos aceptando verdades que escapan no solamente a mi inteligencia particular y limitada sino a cualquier inteligencia creada.
Este es el aspecto más “intelectual” del acto de fe y mira la fe desde el punto de vista de su “contenido”. Ahora bien, ¿cuál es este contenido? Cuando decimos “contenido de la fe” queremos decir “lo que creemos”. El primer y fundamental “contenido” de nuestra fe es Dios mismo.
Un primer significa de la expresión “creer en Dios” puede entenderse como “creer que hay un Dios”, afirmar que Dios existe y que “Dios es Dios”. En la carta a los Hebreos leemos: “Sin la fe es imposible agradar a Dios, porque aquel que se acerca a Dios ha de creer que él existe y es el justo remunerador de los que lo buscan” (Hb 11,6).
La existencia de Dios puede ser conocida también con la sola luz natural de la inteligencia antes de que ésta sea iluminada por la fe, pero no queremos adentrarnos en esta cuestión ahora. Más nos interesa explicar la segunda parte de nuestra afirmación: creer en Dios significa aceptar que “Dios es Dios”.
Como enseña el p. Cornelio Fabro (autor, por ejemplo, de la “Introducción al ateísmo moderno”) no es suficiente decir “creo que Dios existe” para escapar a lo que hoy en día llamamos “ateísmo”. Hay que mirar también que “idea de Dios” tengo y si ésta realmente coincide con el Dios verdadero.
Si alguien dice que cree en Dios pero pensando que Dios tiene cuerpo, ¿cree realmente en Dios? No, porque no cree en el Dios verdadero qué es espíritu. O si alguien negara alguno de los atributos o características esenciales que se siguen del hecho de que Dios es el Ser infinitamente perfecto, ¿cree en Dios? No. Negar la eternidad, o la simplicidad, o la sabiduría, o la bondad, o la trascendencia de Dios (que Dios es infinitamente distinto del mundo que conocemos), o la inmanencia de Dios (que Dios está íntimamente presente en este mundo)… eso es negar que Dios sea Dios…
Quién niega alguno de estos atributos aunque diga otra cosa, decimos con el p. Fabro, en realidad no cree en Dios, no ha salido del ateísmo.
Creerle a Dios
La fe no se limita a nuestra inteligencia. La fe toca también nuestra voluntad. ¿Por qué creo lo que creo? ¿Por qué acepto como verdaderas cosas que no puedo entender?
Creo en algo, aunque no lo entienda, porque acepto lo que me dice alguien que si lo entiende. “Comprender a Dios” es imposible para cualquier intelecto creado. Por eso, no alcanza con nuestra inteligencia para creer.
¿Quién es el que “entiende a Dios”? ¿Quién ve a Dios perfectamente? Solo Dios. Por este motivo el acto de fe implica de parte del hombre la aceptación de lo que Dios dice acerca de sí mismo. Aceptar significa abrirse. Y en este caso abrirse a la luz de la fe, y eso es un acto de la voluntad que quiere creer en Dios.
Ni la inteligencia ni la voluntad humanas son suficientes para creer en Dios. La fe no es resultado ni de nuestra sabiduría, ni de nuestro esfuerzo. Pero al mismo tiempo nadie cree si no quiere creer. San Agustín, en su Comentario al Evangelio de Juan, escribía: “Se puede entrar a la iglesia sin quererlo [a la fuerza], uno puede acercarse al altar no queriéndolo, puede recibir el Sacramento no queriéndolo: creer no puede sino queriéndolo”.
Si bien no es suficiente, para creer hay que quererlo, aceptar libremente el don que Dios nos hace. Pensemos en la gente que vio los milagros de Jesús y no creyó en él. ¿No será que no habrán querido creer?
Resumiendo: creemos en lo que Dios dice porque aceptamos a Dios que lo dice.
Incluso en nuestra vida cotidiana decimos, cuando hay algo que nos cuesta creer: “Si vos lo decís…”. Algo semejante sucede con la fe: “Si Dios lo dice… así será”.
«Creyendo hacia Él ir…»
En el caso de la fe sobrenatural, la Verdad en la que creemos no es una verdad abstracta. Es la “Verdad primera” como la llama Santo Tomás, es el mismo Dios, “el que Es”, el sumo Bien, el Viviente.
Acá es donde surge esta dinámica original del acto de fe: no se la puede reducir a aceptar como vedadero un contenido por la calidad del testigo que nos transmite este contenido. El acto de fe auténtico abraza al testigo.
Es en este punto donde el gran San Agustín nos enseña algo más acerca del rol de la voluntad en la fe, rol que consideramos esencial para entender lo que es creer en Cristo: si nuestra fe no nos mueve hacia Dios esta fe no es verdadera. No tengo una fe “completa” si mi fe no me empuja a buscar a Dios. Fue el apóstol Santiago quién inspiró esta idea a San Agustín: “¿Tú crees que hay un solo Dios? Haces bien. Los demonios también creen, y sin embargo, tiemblan” (Santiago 2,19). Agustín (Discurso n. 144) lo explica así:
«Existe una gran diferencia entre creer en la existencia de Cristo [credere Christum] y creer en Cristo [credere in Christum] . También los demonios han creído que Cristo existe, y sin embargo no han creído en Cristo. De hecho, cree en Cristo quien pone su esperanza en Cristo y ama a Cristo. Porque si uno tiene una esperanza sin fe y sin amor, cree en la existencia de Cristo pero no cree en Cristo».
Al ponernos delante de Jesucristo el Hijo de Dios, la fe genera en nosotros este movimiento existencial que nos empuja hacia Él: esto es creer “en Cristo”.
Este es el segundo significado, fundamental, de “creer en Dios”: creer hacia Dios. Distinguir estos dos significados, distintos pero inseparables, de “creer en Dios” es una enseñanza clave que San Agustín nos dejó, enseñanza que Santo Tomás hace suya plenamente.
En su “Comentario al Evangelio de Juan” San Agustín vuelve sobre esta idea:
«Podemos decir respecto a los apóstoles: “Le creemos a Pablo”, pero no “Creemos en Pablo”; “Le creemos a Pedro”, pero no “Creemos en Pedro”. ¿Qué es, pues, creer en él? Amarlo creyendo, quererlo creyendo, ir a él creyendo, dejarse incorporar a sus miembros. Ésa es, pues, la fe que Dios exige de nosotros…».
La fe no está “viva” si no mueve. Una fe que no nos mueve hacia Jesucristo es una fe muerta. Y acá es adonde se da el paso de lo intelectual a lo vivencial: la fe verdadera incluye ambas realidades. ¡No opongamos “doctrina” a “experiencia” (o “vivencia”)! La fe verdadera incluye la doctrina de Jesucristo y la experiencia de Jesucristo. Si alguna falta simplemente no hay fe católica, habrá en todo caso, una “fe muerta” o una fe “vacía”, que en ninguno de los casos es fe verdadera.
Se equivocan quienes reducen la fe a un acto intelectual como si creer en Cristo fuera aprender de memoria lecciones de un simple maestro humano. Se equivocan también quienes entendien la fe como una experiencia sentimental, vacía y voluble.
Creemos en lo que Cristo, el “testigo fiel”, nos enseñó... porque le creemos a Cristo... y ¡en Cristo creemos! Y sólo en Él creemos.
Todo lo que venimos diciendo no es suficiente para explicar el acto de fe. Quedan preguntas en el aire como ¿en qué sentido la fe es un don? ¿cuál es el rol de la Iglesia en el acto de fe? Preguntas arduas que enfentaremos en otro momento.
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