LUZ QUE ILUMINA LUCES


Quisiera compartir un texto de Santo Tomás de Aquino con el que me he encontrado. Este encuentro me resultó muy iluminador con respecto a un planteo que ha inquietado a numerosos santos, filósofos y gente pensante en general: la búsqueda de razones para afirmar la existencia de Dios con la sola luz de nuestra inteligencia.

Es probable que alguno haya escuchado hablar de las “cinco vías” de Santo Tomás, cinco caminos que el Aquinate recorre en su Suma Teológica para mostrar como se puede hablar de la existencia de Dios desde la sola razón natural, es decir abstrayendo por un momento de la fe religiosa.

El texto al que me refiero no se encuentra en la Suma Teológica pero pienso que puede ayudar a comprender lo que Santo Tomás plantea en ella acerca de la “demostración” racional de la existencia de Dios.

Me refiero a algunos párrafos que encontramos en una “cuestión disputada” de Santo Tomás que llega a nosotros con el siguiente título: “De spiritualibus creaturis” (Acerca de las creaturas espirituales). En el artículo 10 de esta cuestión nuestro Santo afirma (me sirvo de la traducción al español del texto latino que se encuentra en la página web https://tomasdeaquino.org):


Es necesario que por encima del alma humana haya un entendimiento del que dependa su entender, y esto se puede ver por tres razones.


Aquí no se refiere Santo Tomás explícitamente a Dios sino a un “entendimiento” (una inteligencia) del cual el alma humana depende en su propio actuar, es decir en su entender o pensar. Cuando leamos las tres razones con las cuales Santo Tomás sostiene esta afirmación encontraremos un asombroso parecido con parte de sus famosas “cinco vías” sobre la existencia de Dios.

Comparando con estas vías de la Suma Teológica podemos señalar una diferencia por la cual este texto de “De spiritualibus creaturis, n. 10” resulta más interesante todavía: el punto de partida.

En la Suma Teológica el punto de partida de cada una de las vías se encuentra en el “mundo exterior”, en situaciones que podemos percibir en la naturaleza fuera de nosotros: movimiento, causalidad, necesidad y contingencia de los seres, mayor o menor perfección de las creaturas, orden o armonía del universo. Aquí el punto de partida es interior al hombre mismo: su propia alma.

Casi podríamos afirmar que, si las vías se distinguen por su punto de partida, aquí nos encontramos con una sexta vía para el conocimiento de Dios. Sexta vía que evoca una impronta bien agustiniana yendo de lo interior a lo trascendente.

El punto de partida de esta sexta vía sería, como varias veces escribe Santo Tomás, el siguiente hecho de experiencia: “hic homo intelligit”, este hombre entiende, este hombre piensa.

Ahora bien, la capacidad de pensar del ser humano no se explica por si misma, sino que sería como un luz, reflejo de otra luz que se recibe de una inteligencia superior que ilumina al ser humano. Este sería el camino y la meta a la que se quiere llegar.

Leamos ahora cada una de las tres razones con las que Santo Tomás sostiene su afirmación.

He aquí la primera:


Todo lo que se da en alguna cosa por participación es necesario que esté en otra sustancialmente, igual que si el hierro se enciende, es necesario que en la realidad se dé algo que sea fuego según su sustancia y naturaleza. Ahora bien, el alma humana es intelectiva por participación, pues no entiende con cualquiera de sus partes, sino sólo con la más elevada. Luego es necesario que haya algo superior al alma humana, que sea entendimiento según toda su naturaleza, del que proceda la intelectualidad del alma y de cuyo entender dependa.


Sabemos que en otros lugares Santo Tomás distingue los seres entre aquellos que son “por participación” y aquel que es “por esencia”. Aquí habla de algo que se da “por participación” y algo que se da “sustancialmente”. Mas allá de la terminología, la idea de fondo es la misma. Participado se dice algo cuando se encuentra de modo limitado. Al mismo tiempo hay un segundo principio al que recurre aquí Santo Tomás: lo que se da por participación es recibido de aquello que posee sin límite lo que se participa.

Apliquemos estos principios al caso de la inteligencia humana: dijimos que nuestra inteligencia es como una luz; ahora bien, esta luz por muy poderosa que sea es limitada; si es limitada, es participada; si es participada es comunicación de aquella luz que no tiene ningún límite.

En la Suma Teológica también utiliza Santo Tomás la noción de “participación” para mostrar la existencia de Dios. Es la famosa “cuarta vía” del Aquinate (Suma Teológica, I parte, Cuestión 2, Artículo 3). No quiero extenderme aquí en un análisis comparativo entre los textos del De spiritualibus creaturis y el de la Summa. Solamente transcribo el texto de la Suma Teológica para que cada uno pueda buscar las semejanzas y diferencias entre ambos textos (utilizo la traducción al español que se encuentra en la página https://hjg.com.ar/sumat/index.html):


La cuarta vía se toma de los grados que se encuentran en las cosas. Pues se encuentra en las cosas algo más y menos bueno, y verdadero, y noble, y así otras cosas semejantes. Pero este más y este menos se dice de las cosas en cuanto que se aproximan más o menos a lo máximo. Así, caliente se dice de aquello que se aproxima más al máximo calor. Hay algo, por tanto, que es verísimo y óptimo y nobilísimo; y, en consecuencia, es el máximo ser; pues las cosas que son máximamente verdaderas, son máximamente seres, como se dice en el II libro de la Metafísica [de Aristóteles]. Pero lo que es máximamente tal en algún género es la causa de todas las cosas que son de ese género, como el fuego, que es el máximo calor, es causa de todos los calores, -como se explica en el mismo libro-, del mismo modo hay algo que en todos los seres es causa de su ser, de su bondad, de cualquier otra perfección, y a éste le llamamos Dios.


Volvamos al texto de “De spiritualibus creaturis, n. 10” y veamos cuál es la segunda razón que da Santo Tomás en ese lugar para afirmar que nuestra inteligencia depende de una inteligencia superior, infinita:


Es necesario que antes de todo móvil se dé algo inmóvil según aquel movimiento, igual que sobre las cosas alterables hay algo no alterable, el cuerpo celeste; pues todo movimiento es causado por algo inmóvil. Pero el entender del alma humana se parece al movimiento, pues entiende discurriendo de los efectos a las causas, de las causas a los efectos, de lo semejante a lo semejante y de lo opuesto a lo opuesto. Luego es necesario que sobre el alma haya un entendimiento, cuyo entender sea fijo y estable, sin ningún discurrir parecido.


En esta segunda razón Santo Tomás recurre al principio según el cuál “todo movimiento es causado por algo inmóvil”.

Aclaremos algunos términos para poder entender mejor este texto. “Móvil” es lo que se mueve. “Motor” es lo que mueve, es decir, aquello que comunica o produce el movimiento. Por “movimiento” no se ha de entender solamente el cambio de lugar (movimiento local) sino de manera más genérica todo paso de la potencia al acto. Por este motivo Santo Tomás va a poder decir que el pensamiento humano se parece al movimiento, justamente porque es un pasar de la potencia al acto.

Sin duda este argumento nos recuerda la teoría del motor inmóvil de Aristóteles, que en la Suma Teológica es asumida como la primer vía para mostrar la existencia de Dios. Además de encontrarla en la Suma Teológica encontramos también este razonamiento en la otra Suma de Santo Tomás, la “Summa contra gentiles” (Libro I, Capítulo 13) adónde la referencia a Aristóteles es explícita. Transcribo el texto de la “primera vía” así como lo encontramos en la “Contra gentiles” (según la traducción de https://tomasdeaquino.org/):


Todo lo que se mueve es movido por otro. Ahora bien, el testimonio de los sentidos atestigua que hay algo que se mueve, por ejemplo, el sol. Recibe, pues, el movimiento de otro. Ahora bien, o este motor [que mueve al sol] se mueve o no. Si no se mueve, queda probado lo que buscábamos, es decir, que hay necesariamente un motor inmóvil. Y a éste llamamos Dios. Si, por el contrario, se mueve, es movido por otro. [Hay dos posibilidades]: o se ha de proceder indefinidamente [en una sucesión de motores que mueven a otros motores] o se ha de llegar a un motor inmóvil. Como es imposible proseguir indefinidamente, necesariamente hemos de admitir un motor inmóvil.


Recapitulemos el segundo argumento que encontramos en De spiritualibus creaturis, n. 10.

La inteligencia humana se mueve. De hecho Santo Tomás dice que razonar es como caminar y entender como descansar habiendo alcanzado la meta (cf. Suma Teológica, Primera parte, Cuestión 79). Ahora bien, en el origen de este movimiento del pensamiento humano deber haber una inteligencia que no se mueva, “fija y estable” dice nuestro Santo.

Quedaría por preguntarnos que sería esto de una “inteligencia inmóvil”. Intentando responder de una manera breve, y recurriendo a las analogías que utiliza Santo Tomás, ese entendimiento fijo y estable sería una inteligencia a la cuál no le queda nada por descubrir, que todo lo ve y todo lo entiende. No hay que entender esta inmovilidad como una quietud fruto de la falta de fuerzas para alcanzar la meta. Muy por el contrario, esta inmovilidad se da por la plenitud de comprenderlo todo, y justamente por esta sobreabundancia puede comunicar su luz a otros seres. Como cuando la Sagrada Escritura dice: “De su plenitud todos hemos recibido” (Jn 1,16).


Pasemos al tercer y último argumento que encontramos en De spiritualibus creaturis, n. 10 para hablar este Primer Inteligencia que ilumina toda inteligencia:


Aunque en una misma cosa la potencia sea anterior al acto, de suyo el acto precede a la potencia en otra cosa y, del mismo modo, es necesario que antes de cualquier cosa imperfecta haya algo perfecto. Ahora bien, el alma humana se encuentra al principio en potencia para lo inteligible y se muestra imperfecta al entender, pues nunca conseguirá en esta vida la verdad de todo lo inteligible. Es necesario, por tanto, que por encima del alma haya un entendimiento que esté siempre en acto y sea completamente perfecto en la inteligencia de la verdad.


Aquí Santo Tomás recurre a las nociones de “acto” y “potencia”, nociones bien aristotélicas por cierto.

“Potencia” es la capacidad real de algo. “Acto” es la realización de esa capacidad. Un huevo es una gallina en potencia. ¿Cuál de los dos es primero, el huevo (la potencia) o la gallina (o el acto)? Si quedamos atrapados en el círculo temporal (preguntándonos cuál se da primero) esta pregunta no tiene respuesta. Solamente encontramos respuesta si salimos de este círculo. Hablando en términos absolutos siempre el acto es anterior a la potencia: ni el huevo es anterior a la gallina, ni la gallina es anterior al huevo, “primero” es aquel que da el ser o bien al huevo o bien a la gallina.

De alguna manera este tercer argumento sintetiza los anteriores. Al hablar de “imperfección” nos remonta a la noción de participación, y el paso de la potencia al acto es un “movimiento” como decíamos antes. Lo que aquí Santo Tomás presenta como dos argumentos distintos en la Suma Teológica lo encontramos dentro de la “primera vía”.

Al presentarlos por separado parecería que nos facilita la comprensión de su razonamiento. Retengamos este principio: “es necesario que antes de cualquier cosa imperfecta haya algo perfecto”. La dupla perfecto/imperfecto no tiene aquí una connotación moral (como si dijéramos bueno/malo) sino metafísica. Perfecto es lo completo, lo realizado según toda su potencialidad. Dios es perfecto por ser acto puro sin mezcla de potencia.

Mencionemos una última distinción. Según Santo Tomás podemos hablar de “potencia” en dos sentidos: como capacidad de recibir (potencia pasiva) y como capacidad de dar (potencia activa). En Dios no hay potencia pasiva, justamente porque es perfecto, completo, acabado. Nada puede recibir ni agregársele. Podemos hablar de potencia en Dios si la entendemos como potencia activa, es decir como aquello que ordinariamente llamamos “poder”. Y por este motivo podemos decir que el Perfecto es el Todopoderoso.


En fin, espero que estas líneas puedan ayudar aunque sea un poco a aquellos peregrinos de esta vida que buscan sinceramente un sentido absoluto de nuestra existencia, porque lo hay... y le llamamos Dios.


P. Marco

6/5/2022

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