¿Creer en la Iglesia?


Jesús y la Iglesia, la Iglesia y Jesús

Continuando con nuestras reflexiones acerca de lo que significa creer, tener fe, es necesario avanzar un poco más para encarar un tema no exento de polémicas: creer en la Iglesia.

Poco después de haber sido elegido Papa, en una homilía del día 23 de Abril de 2013, el Papa Francisco recordaba: “Es una dicotomía absurda querer vivir con Jesús sin la Iglesia, seguir a Jesús fuera de la Iglesia, amar a Jesús sin la Iglesia”. Esta expresión “absurda dicotomía” nos viene del Papa Pablo VI, quien en su Exhortación apostólica “Evangelii nuntiandi” (n. 16) escribía:

Es conveniente recordar esto en un momento como el actual, en que no sin dolor podemos encontrar personas, que queremos juzgar bien intencionadas pero que en realidad están desorientadas en su espíritu, las cuales van repitiendo que su aspiración es amar a Cristo pero sin la Iglesia, escuchar a Cristo pero no a la Iglesia, estar en Cristo pero al margen de la Iglesia. Lo absurdo de esta dicotomía se muestra con toda claridad en estas palabras del Evangelio: “el que a vosotros desecha, a mí me desecha” (Lc. 10, 16). ¿Cómo va a ser posible amar a Cristo sin amar a la Iglesia, siendo así que el más hermoso testimonio dado en favor de Cristo es el de San Pablo: “amó a la Iglesia y se entregó por ella”(Ef. 5, 25)? 

¿Qué es una “dicotomía absurda”? “Dicotomía” es una “división en dos partes”… “Absurdo” es algo “contrario y opuesto a la razón; que no tiene sentido”… Una “dicotomía absurda” es, entonces, una división u oposición irracional entre dos cosas. Desde la Iglesia, por medio de la voz de estos pontífices, se proclama que Jesús y la Iglesia, la Iglesia y Jesús, son inseparables…

¿Cómo entender esto? ¿Es realmente así? ¿A qué “Iglesia” nos estamos refiriendo? ¿Alguien podría decir que se trata de una “Iglesia” distinta a la única “Iglesia” fundada por Jesucristo?

Podemos precisar esto un poco más con las enseñanzas del Concilio Vaticano II (Lumen gentium, n. 8): 

Cristo, el único Mediador, instituyó y mantiene continuamente en la tierra a su Iglesia santa… comunicando mediante ella la verdad y la gracia a todos.  Esta Iglesia, establecida y organizada en este mundo como una sociedad, subsiste en la Iglesia católica, gobernada por el sucesor de Pedro y por los Obispos en comunión con él si bien fuera de su estructura se encuentren muchos elementos de santidad y verdad que, como bienes propios de la Iglesia de Cristo, impelen hacia la unidad católica.

Por lo tanto, al afirmar que Cristo y su Iglesia son inseparables nos estamos refiriendo a la Iglesia católica, la única Iglesia fundada por Jesucristo. Es decir, sostenemos que Cristo y la Iglesia… católica... son inseparables.

Se impone una ulterior aclaración. ¿De qué hablamos cuando hablamos de “Iglesia”?

Cuando hablamos de la Iglesia no nos referimos a algún pastor, o pastores, en particular. Nos referimos a la Iglesia “católica”. “Católico” significa “universal”. Por lo tanto nos estamos refiriendo a toda la Iglesia, y no solamente a los pastores o al conjunto de bautizados que actualmente viven en este momento de la historia. Nos referimos a toda la Iglesia, a la Iglesia de siempre, a esa Iglesia que nace de Jesús y en la cual actúa el Espíritu Santo, esa Iglesia que se nutre de la Tradición de los Apóstoles. Al decir que “creemos en la Iglesia” confesamos que creemos en la Iglesia como Cuerpo de Cristo, Esposa del Señor, Madre y Maestra nuestra que nos comunica la fe.

¿Qué tiene que ver todo esto con la fe? 

Justamente el Compendio del Catecismo (n. 386) afirma que la fe es “la virtud teologal por la que creemos en Dios y en todo lo que Él nos ha revelado, y que la Iglesia nos propone creer”. 

Tener fe implica también aceptar lo que la Iglesia “nos propone para creer”. Creer en Dios significa, de alguna manera, creer también en la Iglesia. Y no dudamos en decir, parafraseando al Papa Francisco, que así como no se puede “vivir… seguir… amar a Jesús, sin la Iglesia”, tampoco se puede creer en Jesús sin la Iglesia.

Una pregunta surge casi espontánea: ¿Es posible todavía hoy creer en la Iglesia? 

¿Casta meretrix?

A muchos les resulta difícil creer en la Iglesia a causa de lo que se suele llamar “los pecados de la Iglesia”. Hace ya muchos siglos, un padre de la Iglesia, San Ambrosio de Milán, acuño una expresión que muchos malinterpretaron. San Ambrosio dijo una vez que la Iglesia es “casta meretrix”, que en español quiere decir “una casta prostituta”… Tomando pie de esta frase hay quienes dicen que la Iglesia es pecadora. Y si la Iglesia es pecadora, ¿por qué creerle?

Los últimos papas nos ayudan a entender bien un tema tan delicado. Por ejemplo, Benedicto XVI decía: “La Iglesia es santa y a la vez está compuesta de pecadores; está marcada por la tensión entre el «ya» y el «todavía no»” (Homilía en la Solemnidad de Epifanía, 2008).

San Juan Pablo II, entre tantos gestos históricos que realizó, tuvo el coraje – que muy pocos tienen – de pedir perdón públicamente “por los pecados de los hijos de la Iglesia”. A diferencia de lo que muchos dicen, el papa no pidió perdón por los pecados “de la Iglesia”, sino “de los hijos de la Iglesia”. El mismo Juan Pablo II explicaba: “la Iglesia es santa porque Cristo es su Cabeza y su Esposo, el Espíritu es su alma vivificante, y la Virgen María y los santos son su manifestación más auténtica. Sin embargo, los hijos de la Iglesia conocen la experiencia del pecado, cuyas sombras se reflejan en ella, oscureciendo su belleza. Por eso, la Iglesia no deja de implorar el perdón de Dios por los pecados de sus miembros” (Angelus, 12/3/2000).

Los pecados de los hijos de la Iglesia no anulan la misión que la Iglesia tiene de enseñar y de proponer lo que se ha de creer. Estos pecados “ayudarán”, en todo caso, a que la Iglesia sepa transmitir el “depósito de la fe” con mayor humildad. Pero la misión de “enseñar a las naciones” la Iglesia la recibió del mismo Hijo de Dios, y bien sabía Jesús que eran hombres frágiles y pecadores a quienes encomendaba esta misión. Sobran testimonios de esta debilidad de los Apóstoles, incluso después de la resurrección de Jesús.

A otros les cuesta creer en la Iglesia porque, dicen, la Iglesia está desfasada con los tiempos. “La Iglesia tiene que modernizarse, actualizar sus enseñanzas, adaptarse al mundo de hoy…”, reclaman. Es decir, ceder ante el espíritu del mundo.

Es innegable que hay muchas cosas que pueden y deben “aggiornarse”. Decía el Papa Francisco decía: “En la vida cristiana, y también en la vida de la Iglesia, hay estructuras antiguas, estructuras caducas: ¡es necesario renovarlas! Y la Iglesia siempre ha estado atenta a esto” (Homilía, 7/6/2013). 

Pero la Iglesia no puede cambiar el mensaje que ha recibido de Jesucristo. En los inicios del cristianismo, el autor de la carta a los Hebreos advertía: “Jesucristo es el mismo ayer y hoy, y lo será para siempre. No se dejen extraviar por cualquier clase de doctrinas extrañas” (Hb 13,8-9). Si la Iglesia enseñase un Evangelio distinto del que ha recibido, perdería su razón de ser y traicionaría a la humanidad
Esto no quita que, guiada por el Espíritu Santo, a través de la historia la Iglesia vaya conociendo mejor el tesoro que ha recibido. La Iglesia no inventa ni cambia nada de lo que ha recibido. Tratándose de una riqueza tan grande siempre es posible encontrar algo “nuevo”, algo que no “visto” aún. 

Es parecido a cuando se mira muchas veces una misma obra de arte o un mismo paisaje, y su riqueza permite encontrar siempre detalles “nuevos”: siempre estuvieron, pero no se los veía.

Tampoco se niega que la Iglesia pueda buscar, en los distintos tiempos y culturas, nuevas maneras de expresar – explicar – la fe de siempre. De hecho la Iglesia lo ha hecho desde el principio a costa de grandes polémicas. Es su preocupación, desde los primeros tiempos, buscar el mejor lenguaje para expresar la Verdad recibida. Es una misión dificilísima que se encuentra en tensión entre la fidelidad a la Revelación y la comprensión del hombre de cada época y lugar y sus planteos más profundos. A esto hay que sumarle los límites que supone usar un lenguaje humano para hablar de misterios divinos.

Son clásicas respecto a este tema las enseñanzas del santo monje Vicente de Lerins en su Commonitorio:

Quizá alguno se pregunte: ¿entonces no es posible ningún progreso en la Iglesia de Cristo? ¡Claro que debe haberlo, y grandísimo! ¿Quién hay tan enemigo de los hombres y tan contrario a Dios, que trate de impedirlo? Ha de ser, sin embargo, con la condición de que se trate verdaderamente de progreso para la fe, y no de cambio. Es característico del progreso que una cosa crezca, permaneciendo siempre idéntica a sí misma; propio del cambio es, por el contrario, que una cosa se transforme en otra”. 

“Vayan y enseñen”

El misterio de la Iglesia y las distintas facetas de su misión tienen su origen en Jesucristo, el Hijo de Dios. 

Fue Jesús quien dijo a Pedro, el primer Papa: “Yo he rogado por ti, para que no te falte la fe. Y tú, después que hayas vuelto, confirma a tus hermanos”(Lc 22,32). Jesús encomendó a Pedro, y al Papa – sucesor de Pedro – la misión de confirmar la fe de sus hermanos.

Y antes, Jesús había dicho a Pedro: “Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi iglesia … Yo te dará las llaves del Reino de los Cielos” (Mt 16,18-19). Pedro es la roca y el portero, que tiene en sus manos “el poder de las llaves” que abren y cierran el ingreso al Reino de los Cielos.

Fue Jesús quien durante la Última Cena dijo a sus Apóstoles, los primeros Obispos: “Todavía tengo muchas cosas que decirles, pero ustedes no las pueden comprender ahora. Cuando venga el Espíritu de la Verdad, él los introducirá en toda la verdad” (Jn 16,12-13). Durante la  vida terrena de Jesús, los Apóstoles no estaban en condiciones de asimilar todo lo que Jesús tenía para decirles. Guiada por el Espíritu Santo, la Iglesia es introducida en la Verdad completa.

Fue Jesús quien dijo a sus Apóstoles, poco antes de subir al Cielo: “Vayan, y hagan que todos los pueblos sean mis discípulos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a cumplir todo lo que yo les he mandado” (Mt 28,19-20).

Que este mismo Espíritu Santo nos ayude a creer en la Iglesia y a amarla como hijos fieles, aún cuando no siempre nos sintamos del todo identificados con aquellos que temporalmente la gobiernan.

P. Marco

3/6/2022


 

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