LOS EVANGELIOS, ¿HISTORIA VERDADERA?
Nuestra fe es un encuentro personal con Jesucristo, y esta misma fe nos hace “contemporáneos” a nuestro Salvador. Ahora bien, ¿qué quedaría de esta fe si alguien pusiera en duda que Jesús realmente haya existido? Si nuestra fe es “creerle a Jesucristo”, ¿es acaso descabellado decir que se fundamenta sobre lo que Jesús hizo y enseño?
Estas preguntas nos enfrentan con más preguntas: ¿cómo sabemos que Jesús existió? ¿Qué seguridad tenemos acerca de lo que realmente Jesús hizo y dijo? Tal vez parezcan interrogantes con respuestas obvias, pero, ¿sabemos qué responder a estas preguntas?
¿Qué dice la Iglesia al respecto?
“La Santa Madre Iglesia firme y constantemente ha creído y cree que los cuatro referidos Evangelios, cuya historicidad afirma sin vacilar, comunican fielmente lo que Jesús Hijo de Dios, viviendo entre los hombres, hizo y enseñó realmente para la salvación de ellos, hasta el día que fue levantado al cielo” (Concilio Vaticano II, Dei Verbum n. 19).
¿Qué significa afirmar la historicidad de los Evangelios?
Quiere decir que el contenido de los cuatro evangelios -Mateo, Marcos, Lucas y Juan- es rigurosamente “histórico”, es decir, que los hechos y palabras que los evangelistas nos transmiten realmente ocurrieron tal cómo nos los cuentan. Este es el valor histórico de los evangelios: no son invento de la comunidad primitiva, no son mitos copiados de otras religiones o culturas, no son fábulas... son historia verdadera, hechos y dichos reales.
Criterios de historicidad
¿Cómo se hace para determinar la historicidad de los Evangelios?
Probar la historicidad de los Evangelios, como la de cualquier otro escrito de la antigüedad, es una cuestión científica y no religiosa.
La ciencia histórica depende de las “fuentes” que nos transmiten lo acontecido en el pasado. Estas fuentes pueden ser documentos, o testimonios que hacen referencia a los hechos que se quieren investigar.
¿Cuáles son los criterios que se utilizan para verificar si una fuente histórica es confiable o no? Los siguientes son los principales criterios utilizados por los estudiosos que se dedican a “bucear en la antigüedad”:
- antigüedad: cuánto más antiguo un texto más confiable es, y más difícil de ser manipulado por diversas tradiciones o interpolaciones;
- multiplicidad: muchas fuentes, independientes una de otra, son más confiables que una sola, (es como tener varios “testigos” que no se conocen y nos dicen lo mismo);
- uso del lenguaje de la época: el texto tiene que ser compatible con el contexto lingüístico de la época, sea por el vocabulario sea por la gramática;
- compatibilidad cultural: la fuente tiene que insertarse en el contexto cultural, político y religioso de la época;
Bibliotecas enteras se han escrito, y se siguen escribiendo, acerca de estos temas. Con intención puramente divulgativa quiero ofrecer algunos ejemplos para mostrar como detrás de cada uno de los cuatro evangelios hay un profundo estudio y debate científico -no religioso- que nos lleva a la conclusión de que los evangelios son históricos.
San Ireneo, una de las figuras más representativas del siglo II, nacido en Asia Menor -la actual Turquía-, que llegó a ser Obispo de Lyon en Francia y había sido discípulo de San Policarpo en Esmirna, y éste a su vez del mismo evangelista San Juan, dice: «Mateo publicó un Evangelio escrito para los hebreos y en su lengua…; Marcos, discípulo de San Pedro, nos transmitió también por escrito las cosas predicadas por Pedro; Lucas, discípulo de Pablo, puso en forma de libro el Evangelio predicado por su maestro. Más tarde, Juan, discípulo del Señor… también publicó un Evangelio durante su estancia en Éfeso».
Tenemos otros dos documentos del siglo II.
En ese siglo el Obispo de Hierápolis, Papías, afirma que Mateo redactó su Evangelio en hebreo, y que Marcos fue intérprete de la evangelización de Pedro. El otro documento es el Canon de Muratori - una lista de los libros inspirados que hizo la Iglesia en el siglo II - en el que se habla de San Lucas como autor del tercer Evangelio, y de San Juan como del cuarto.
Vemos que tenemos diversas “fuentes” del siglo II (es decir, entre los años 100 y 200 de nuestra era) que ya atestiguan la existencia de los cuatro evangelios de nuestras Biblias.
Tengamos en cuenta que es muy probable que la redacción de los Evangelios haya tenido dos momentos. Un primer momento de transmisión oral (propia de la cultura judía de la época) de los hechos y dichos de Jesús de Nazaret, y un segundo momento en el cuál estos se pusieron por escrito.
No tenemos los originales de los Evangelios. Tenemos copias. Todos textos de la antigüedad que nos han llegado en forma de manuscritos sobre papiros o pergaminos (pensemos que en los tiempos de Jesús no existían los libros como los conocemos ahora…). Existen distintos criterios para establecer la fecha de estos escritos, pero se puede afirmar con certeza que los cuatro evangelios canónicos son “de lejos” las fuentes más documentadas de todo el mundo antiguo, ya sea en cuanto a la antigüedad como al número de manuscritos o “códices” con los que se cuenta (los “códices” son esas copias de distintas versiones de la Biblia – en esa época todo este trabajo se hacía a mano pues ¡no había impresoras!).
Hacia fines del 1800 ya había sido descubiertos los códices más importantes que se remontan al siglo IV y que contienen prácticamente todo el Nuevo Testamento: el Vaticano, el Alejandrino, el Sinaítico, y otros. Es decir, ya en el siglo IV existían “copias” del Nuevo Testamento, que nosotros nombramos según el lugar en el cuál fueron encontradas.
Los descubrimientos más extraordinarios tuvieron lugar durante el siglo pasado, cuando se encontraron fragmentos de papiros mucho más antiguos escritos pocos decenios después de los hechos que relatan. Muchísimos de estos papiros se encontraron en Egipto. Algunos ejemplos: el papiro “Rylands” (P 52) escrito entre el 120 y el 125, encontrado por un soldado en el desierto, contiene algunos versículos del Evangelio de Juan; el papiro “Bodmer II” (P 66), de 106 páginas, contiene todo el Evangelio de Juan, y es del año 150 aproximadamente; el papiro “Magdalen” (P 64), de los primeros decenios del siglo II, contiene algunos versículos de Mateo; el papiro “Chester Beatty II” (P 46), de 86 páginas, el cuál según los estudios más recientes sería de finales del primer siglo, contiene siete cartas de San Pablo.
Si miramos el criterio de multiplicidad de las fuentes hay que decir que entre originales y traducciones hay más de 13.000 manuscritos de los primeros siglos.
A todo esto se podría agregar el hecho de que los Evangelios fueron redactados cuando todavía vivían muchos testigos oculares de la vida de Jesús. Por lo tanto, si lo que los evangelios narran no fuera verdadero, no habría sido aceptado por aquellos y aquellas que vieron y escucharon a Jesús durante su vida terrena.
Por supuesto que estos ejemplos son insuficientes, pero sirvan para hacernos ver que el valor histórico de los evangelios no es cuestión de fe, sino científica: lo que ellos nos cuentan pasó así como lo cuentan.
Recordemos para terminar un episodio del Evangelio de Juan. Cuando Jesús curó al ciego de nacimiento ni sus enemigos podían negar que lo había curado -era un hecho histórico innegable que estaba a la vista de todos-, pero se negaron a creer que Jesús, quien había obrado ese milagro, era el Hijo de Dios.
Una cosa es ver y otra cosa es creer.
P. Marco
17/6/2022
Para quienes quieran profundizar en este tema les recomiendo los siguientes artículos:
Miguel Ángel TABET, Cristología e historicidad de los evangelios en la Constitución “Dei Verbum”
https://dadun.unav.edu/bitstream/10171/6247/1/MIGUEL%20ANGEL%20TABET.pdf
Julián CARRÓN, La historicidad de los evangelios
https://www.mercaba.org/FICHAS/Evangelios/la_historicidad_de_los_evangelios.htm
Daniel IGLESIAS, La historicidad de los evangelios según la doctrina católica
https://www.infocatolica.com/blog/razones.php/1108110159-la-historicidad-de-los-evange
Y de yapa:
Sobre los Evangelio y el “Código Da Vinci”
https://opusdei.org/es-ar/article/la-historicidad-de-los-evangelios/
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