UNO Y TRINO
Por la fe creemos en muchos misterios, aceptamos como verdaderas realidades que sobrepasan nuestras fuerzas, y de modo particular el alcance de nuestra inteligencia, limitada y poderosa al mismo tiempo .
El misterio central de la fe
Entre todos estos misterios hay uno que es el central y la fuente de todos los demás: el misterio de la Santísima Trinidad. Todo cristiano es bautizado “en el nombre” – ¡no “en los nombres”! – “del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo”.
La fe en el misterio de la Trinidad divina nos introduce en lo más íntimo de Dios mismo, y responde a la pregunta “¿quién es Dios?”.
El Compendio del Catecismo (n. 48) resume de la siguiente manera la fe trinitaria de la Iglesia Católica:
La Iglesia expresa su fe trinitaria confesando un solo Dios en tres Personas: Padre, Hijo y Espíritu Santo. Las tres divinas Personas son un solo Dios porque cada una de ellas es idéntica a la plenitud de la única e indivisible naturaleza divina. Las tres son realmente distintas entre sí, por sus relaciones recíprocas: el Padre engendra al Hijo, el Hijo es engendrado por el Padre, el Espíritu Santo procede del Padre y del Hijo.
Un solo Dios en tres Personas… Un gran Obispo de los primeros siglos del cristianismo, San Atanasio de Alejandría (Símbolo 'Quicumque'), escribía: “el Padre es Dios, el Hijo es Dios, el Espíritu Santo es Dios; y sin embargo, no son tres dioses, sino un solo Dios”.
Padre, Hijo y Espíritu Santo no son tres “nombres” de Dios, ni tres “partes” de Dios, ni tres “modos de manifestarse de Dios”. El Padre, el Hijo y el Espíritu Santo son tres Personas – Divinas – que no se confunden entre sí. El Padre no es el Hijo, ni el Espíritu Santo. El Hijo no es el Padre, ni el Espíritu Santo. El Espíritu Santo no es el Padre, ni el Hijo. Por eso afirmamos que creemos en tres personas divinas realmente distintas.
Las tres personas de la Santísima Trinidad no dividen a Dios: ellas comparten totalmente la única e indivisible substancia divina. Por eso el Padre es Dios, el Hijo es Dios, el Espíritu Santo es Dios. Un solo Dios…
Decía también San Atanasio: “en todo hay que venerar lo mismo la unidad de la Trinidad que la Trinidad en la unidad. El que quiera, pues, salvarse, así ha de sentir de la Trinidad”.
¿Para qué este trabalenguas?
Antes de avanzar, nos podría surgir espontáneamente la siguiente pregunta: ¿qué nos agrega a nosotros el conocer este misterio? ¿Qué diferencia hace en mi vida el hecho de que Dios sea Trino o no lo sea?
Es Dios mismo quien quiso revelarnos este misterio por medio de Jesucristo. Podríamos decir que si así lo dispuso, Él que es Sabiduría y Amor, habrá tenido sus motivos.
Pero tratemos de esforzarnos un poco para decir algo más…
Si pensamos un poco, hay una relación muy estrecha entre el amor y el conocimiento, casi como un círculo.
En la antigüedad se decía que “no se ama lo que no se conoce”. Es imposible amar algo que ignoramos. Pensemos si dos personas pueden ser amigas si se desconocen absolutamente… Particularmente cuando nos encontramos con alguien de mucho valor cuanto más lo conocemos, mas lo “descubrimos”, más lo queremos.
Al mismo tiempo –y aquí está la vuelta del círculo– cuando amamos a alguien nos esforzamos por conocerlo. Por ejemplo, queremos enterarnos de sus gustos, de su historia, de sus cosas.
Resumiendo, el amor y el conocimiento se alimentan mutuamente, se “retro-alimentan” diríamos hoy en día…
El hecho de que Dios manifieste al hombre el misterio de la Trinidad nos muestra hasta dónde Dios quiere elevar al ser humano. Dándose a conocer como Padre, Hijo y Espíritu Santo, Dios nos da la oportunidad de conocer – siempre a través de la fe – lo más profundo de lo profundo, lo más íntimo de lo más íntimo, lo más luminoso de lo más luminoso de si mismo.
Y si es verdad, como decíamos, que el conocimiento y el amor se nutren el uno al otro, pensemos ¡hasta que cumbre de amor quiere Dios elevar al ser humano! Dios quiere introducir a cada hombre y a cada mujer en esa comunidad de amor eterno e infinito que es la Santísima Trinidad.
Recordemos las palabras de Jesús: “El que me ama será fiel a mi palabra, y mi Padre lo amará; iremos a él y habitaremos en él” (Jn 14,23).
Un misterio revelado en el Nuevo Testamento
Dios ha dejado “huellas de su ser trinitario en la creación y en el Antiguo Testamento”, nos enseña el Compendio del Catecismo (n. 45). Sin embargo el misterio de la Santísima Trinidad es “inaccesible a la sola razón humana e incluso a la fe de Israel, antes de la Encarnación del Hijo de Dios y del envío del Espíritu Santo”. Solamente Jesucristo, el Hijo de Dios hecho hombre, nos da a conocer este misterio.
Como nos decía el papa emérito, Benedicto XVI (Homilía de la Misa crismal 2012), todo lo que la Iglesia Católica cree lo cree “a partir de la Palabra de Dios”.
Veamos brevemente qué nos revela Jesucristo acerca de su relación con Dios.
Puede ser que estemos acostumbrados a pensar que Dios es Padre porque es el “Padre de los hombres”, “nuestro Padre”. Pero Jesús nos enseña que antes de crear el mundo y el hombre, y aun cuando Dios no hubiera creado ni uno ni otro, Dios ya es Padre.
Dios es “Padre” porque tiene un “Hijo”, y ese “Hijo” es Jesucristo, y ese Hijo es Dios.
En muchos lugares del Nuevo Testamento Jesús nos habla de su relación con Dios, y nos enseña que esta relación es única e irrepetible. Es la relación entre padre e hijo… Leamos algunos ejemplos del evangelio de San Juan:
- “Les aseguro que no es Moisés el que les dio el pan del cielo; mi Padre les da el verdadero pan del cielo” (Jn 6,32);
- “Esta es la voluntad de mi Padre: que el que ve al Hijo y cree en él, tenga Vida eterna y que yo lo resucite en el último día” (Jn 6,40);
- “Así como yo, que he sido enviado por el Padre que tiene Vida, vivo por el Padre, de la misma manera, el que me come vivirá por mí” (Jn 6,57);
- “Ellos le preguntaron: «¿Dónde está tu Padre?». Jesús respondió: «Ustedes no me conocen ni a mí ni a mi Padre; si me conocieran a mí, conocerían también a mi Padre»” (Jn 8,19);
- “Jesús respondió: «Si yo me glorificara a mí mismo, mi gloria no valdría nada. Es mi Padre el que me glorifica, el mismo al que ustedes llaman «nuestro Dios»” (Jn 8,54);
- “Jesús respondió: «El Padre y yo somos una sola cosa». Los judíos tomaron piedras para apedrearlo. Entonces Jesús dijo: «Les hice ver muchas obras buenas que vienen del Padre; ¿Por cuál de ellas me quieren apedrear?». Los judíos le respondieron: «No queremos apedrearte por ninguna obra buena, sino porque blasfemas, ya que, siendo hombre, te haces Dios»” (Jn 10,30-33).
Jesús reivindica para si una relación única con Dios. Llama a Dios “su Padre” haciéndose igual a Dios. Esto escandalizó a muchos de sus contemporáneos. Tenemos testimonio que desde pequeño Jesús ya tenía conciencia de esta relación. De hecho en sus primeras palabras en el Evangelio Jesús le recuerda a María y a Jóse que Él debe “ocuparse de las cosas de su Padre” (Lc 2,49). Esta afirmación de su filiación divina será el motivo de su condena a muerte. Aún así, Jesús nunca renunció a ella. Murió llamando a Dios su Padre: “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu” (Lc 23,46).
La revelación de que Jesucristo es el Hijo de Dios es el comienzo de la revelación del misterio de la Santísima Trinidad. Un segundo momento de esta revelación es el anuncio del Espíritu Santo.
Habría mucho más por decir. Esperemos que esto nos sirva para pensar cuan elevada es la vocación del ser humano, varón y mujer… Escribe el Apóstol San Pablo: “lo que nadie vio ni oyó y ni siquiera pudo pensar, aquello Dios preparó para los que lo aman” (1 Co 2,9). ¿Qué es aquello jamás visto? ¿Qué es aquello impensable que Dios “preparó para los que lo aman? ¡Dios mismo! A quién, ayudados por su divina gracia, en la eternidad “lo veremos tal cual es” (1 Jn 3,2) … un solo Dios en tres persona… Padre, Hijo y Espíritu Santo. Lo veremos tal cual es, lo amaremos tal cual es, seremos amados por Dios tal cual es.
P. Marco

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