SILENCIO

 

Entre los gestos rituales que pertenecen a toda la asamblea, el silencio ocupa un lugar de absoluta importancia”, escribía el Papa Francisco (Desiderio desideravi, 52). Saber respetar los momentos de silencio previstos, sobre todo en la Misa, es fundamental para dejarnos transformar por lo que celebramos. 

Es una pena que a veces, entre el bochinche de nuestras celebraciones y el apuro de nosotros sacerdotes, no sepamos sacarle el jugo a esas pausas silenciosas de la Liturgia: en el acto penitencial antes de pedir perdón; después de la invitación a la oración en el primer “Oremos” que dice el sacerdote; en la Liturgia de la Palabra (antes de las lecturas, entre las lecturas y después de la homilía); en la plegaria eucarística después de la consagración o al recordar a los vivos y a los difuntos por quienes queremos orar; después de la comunión, y ¿por qué no? después de Misa… ¡Pobre de aquel o aquella que quisiera rezar un poquito en silencio después de Misa! Tal vez en la plaza encuentre más serenidad… ¡Qué desubicado! ¿Quién lo manda a buscar silencio en el templo?

Entre tanto ruido y notificaciones de nuestros celulares hemos perdido el valor del silencio sagrado. ¿Quién se anima a apagar su celular o a ponerlo en “modo avión” durante la Misa? ¡No le tengamos miedo al silencio! El silencio, continúa el Papa Francisco, “no es un refugio para esconderse y aislarse... El silencio litúrgico es mucho más: es el símbolo de la presencia y la acción del Espíritu Santo que anima toda la acción celebrativa, por lo que, a menudo, constituye la culminación de una secuencia ritual. Precisamente porque es un símbolo del Espíritu, tiene el poder de expresar su acción multiforme”.

De alguna manera podemos decir que en el silencio se da el fruto de los momentos más importantes de la Misa: “el silencio mueve al arrepentimiento y al deseo de conversión; suscita la escucha de la Palabra y la oración; dispone a la adoración del Cuerpo y la Sangre de Cristo; sugiere a cada uno, en la intimidad de la comunión, lo que el Espíritu quiere obrar en nuestra vida para conformarnos con el Pan partido”. ¡No temamos al silencio! No es pasividad, todo lo contrario: cuánta fuerza hace falta para cambiar la inercia de nuestro moderno apresuramiento cotidiano, ¡es el arte de saber escuchar!, cuánto cambiaría nuestro interior si supiéramos escuchar lo que nos dicen las cosas, las personas… y ¡Dios! ¡en la Liturgia!

¡Buen Domingo para todos! 

P. Marco


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