NUESTRO TESORO
Para nosotros, cristianos católicos, la Santa Misa es nuestro tesoro más grande. Es lo más valioso que tenemos. Es lo más importante que hacemos.
San Juan evangelista nos dice que “antes de la fiesta de Pascua, sabiendo Jesús que había llegado la hora de pasar de este mundo al Padre, él, que había amado a los suyos que quedaban en el mundo, los amó hasta el fin” (Jn 13,1). En cada Misa se hace presente Jesucristo con su sacrificio, con su entrega total por nosotros. En cada Misa arde ese amor infinito que llevó a Jesús a entregarse por nosotros amándonos “hasta el fin”.
San Juan Pablo II Papa afirmó categóricamente: “La Iglesia vive de la Eucaristía”. Y agregaba:
“La Iglesia experimenta con alegría cómo se realiza continuamente, en múltiples formas, la promesa del Señor: «He aquí que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo» (Mt 28, 20). En la sagrada Eucaristía, por la transformación del pan y del vino en el cuerpo y en la sangre del Señor, la Iglesia se alegra de esta presencia con una intensidad única. Desde que, en Pentecostés, la Iglesia, Pueblo de la Nueva Alianza, ha empezado su peregrinación hacia la patria celeste, este divino Sacramento ha marcado sus días, llenándolos de confiada esperanza” (Ecclesia de Eucharistia, n. 1).
Nuestra Madre la Iglesia nos enseña que el sacrificio eucarístico es “fuente y cumbre de toda la vida cristiana” (Lumen gentium, n. 11).
La Eucaristía, la Misa que celebramos, es fuente de vida cristiana. La vida cristiana brota de la Eucaristía. Del encuentro con Jesús en la Eucaristía esta vida surge y de este encuentro esta vida se nutre. La Eucaristía es la cumbre de la vida cristiana. Es el punto más alto al que puede llegar nuestra experiencia cristiana. Es la meta a la que se dirigen todos nuestros esfuerzos y nuestras luchas. Es un anticipo del Cielo en el cual veremos a Jesús “cara a cara” y no ya escondido bajo el velo del pan y del vino.
Entre tantos mártires que honran la historia de la Iglesia se encuentran los “mártires de Abitinia” (en la actual Túnez). Benedicto XVI resumía así esta conmovedora historia:
“Tras ser arrestados fueron llevados a Cartago para ser interrogados por el procónsul Anulino. Fue significativa, entre otras, la respuesta que un cierto Emérito dio al procónsul que le preguntaba por qué habían transgredido la severa orden del emperador. Respondió: “Sine dominico non possumus”; es decir, sin reunirnos en asamblea el domingo para celebrar la Eucaristía no podemos vivir. Nos faltarían las fuerzas para afrontar las dificultades diarias y no sucumbir. Después de atroces torturas, estos 49 mártires de Abitina fueron asesinados. Así, con la efusión de la sangre, confirmaron su fe. Murieron, pero vencieron; ahora los recordamos en la gloria de Cristo resucitado” (Homilía, Bari, 29-V-05).
Obviamente no alcanza con ir a Misa y comulgar para ser un buen cristiano. Pero es igual de cierto que sin la Misa y sin la Comunión jamás seremos buenos cristianos.
¡Sin el Domingo no podemos! ¡Sin la Misa no podemos! ¡Sin la Comunión no podemos!
Padre Marco
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